
EL ORDEN HETERONORMATIVO DISFRAZADO DE TRANSGRESIÓN
No hemos liberado la sexualidad, sino que, exactamente, la hemos llevado al límite: límite de nuestra conciencia, puesto que dicta finalmente la única lectura posible, para nuestra conciencia, de nuestra inconsciencia; límite de la ley, puesto que aparece como el único contenido universal de lo prohibido; límite de nuestro lenguaje: ella dibuja la línea de espuma de lo que él apenas en el último momento puede alcanzar en la arena del silencio.
Michel Foucault. Prefacio a la transgresión.
Se oyen gemidos. Se ven dos cuerpos, no sus rostros. Dos personas teniendo relaciones sexuales. Una mujer y un hombre. Así, comienza la cinta.
En un contexto de producción, donde el sexo ha sido tratado desde el humor y su caricaturización, la película en cuestión viene a dar un sentido distinto a este tema: todo su desarrollo ocurre en la habitación de un motel, la cinta está marcada por la desnudez, por la importancia discursiva que este encuentro tiene para sus personajes, alejada de lo anecdótico y sin sentido que pueden representar unos cuerpos al descubierto.
La particularidad de En la cama. Donde amas, donde sueñas, donde engañas, dice relación con el alcance real y simbólico que tiene un encuentro sexual casual para una pareja inscrita en el registro social heteronormativo. A partir de ello, propongo que la cinta presenta dos aspectos que revitalizan dicho sistema: la construcción binaria de los personajes, y la aparente transgresión sexual que tomará la forma de una reposición del orden heterosexista.
Para ella historias tristes. Para él la libertad y un mundo.
Ella y él conversan, luego de su encuentro. Están un poco avergonzados, esquivan miradas.
Él: ¿Cuál era tu apellido?
[…]
Ella: ¿Sabes que creo? Que no te acuerdas cómo me llamo… haber… cómo me llamo… acabamos de hacerlo y no sabes quién soy.
Él: No, sí sé quién eres, lo que no me acuerdo es tu nombre.
Ella: Es lo mismo.
Él: No, no es lo mismo…
[…]
Él: Ni tú me conoces, ni yo te conozco…
Él no recuerda. Ella cree que es otra persona. Ella es Daniela, él es Bruno. Ambos creían saber del otro, con esa pequeña confesión que es el nombre, como principio de otras declaraciones, de otras confesiones. Una verdad que devela quién se es, para que el otro tenga una base imaginaria para elevarnos a la calidad de sujetos. Como si tras esta este conocimiento pudiésemos extraer una verdad del otro, verdad necesaria en el terreno de la sexualidad. Él le pregunta cuántas veces ha estado en “este lugar”. Ella le dice que “un par veces”, que esta es la “tercera”.
Él: “Quiero saber quién eres…”
Ella (lo interrumpe): “Sabiendo mi comportamiento sexual…”
Daniela cuenta sus historias. A través de ellas, sabemos que tuvo ilusiones de amor, que padece sufrimiento, que está con alguien con quien no puede “terminar”, alguien que tiene una “enfermedad”, porque “no puede para de mentir”… hubo otra vez, con alguien que sólo la escuchó, y la trató como si fuera lo más importante que le hubiera pasado”. Necesidad de afecto, temor a la soledad… “Hubo un tiempo en que andaba limpiando todo con un pañito y un poco de alcohol…cuando mis viejos se estaban separando”. Dirá más adelante: “es mejor tener un vínculo con alguien que tener nada”… también cree en que “hay una energía que se basa en el amor”… Daniela justifica las inequidades sociales que le plantea Bruno, piensa que “Dios tal vez es un niño y está aprendiendo…” Ella padece los dolores de otras personas, una amiga la llama por teléfono: “está mal… anda con un tipo psicópata que es casado…nunca se va a separar… está enamorada”…
Bruno cuenta sus teorías. Piensa que “el cine tiene una memoria en común”, las películas y personas se pueden clasificar en conjuntos y “uno como espectador también pertenece a uno de esos conjuntos”. Según su experiencia, si alguien pertenece a más de una clasificación está mal, es “una clave” anticipatorio de que las cosas no andan bien. En cuanto a los afectos él creía que su padre nunca lo quiso, pero un día lo protegió de un accidente, sin embargo no lo visita, su padre está enfermo, y lo que quiere “es que cuando pase, sea algo sin dolor, sin agonía”. Lo recuerda, pero no le entrega ni tiempo, ni dedicación. Bruno también nos abre al mundo de su ex novia, una chica gorda que cuenta calorías, que cree que su relación terminó porque estaba gorda. Él “no puede dejar de sentirse responsable por lo que le pasa”, pero no se involucra más allá de sentir. Además, este personaje revela un gran secreto: su hermano se perdió en un supermercado, él lo vio, y no hizo nada para que esa situación no fuera “el primer día de la oscuridad”…
Continúan conversando. Los relatos de vida de estos personajes, nos enfrentan a una realidad dispar, no son dos sujetos venidos de la nada, tienen historia, intereses, proyecciones, sujetos que los rodean, sentimientos. Son dos subjetividades acomodadas al orden binario de lo femenino y de lo masculino se hace presente: para ella el deseo de ser amada, la necesidad de cuidar a los otros, para él la libertad-habilidad de tomar y dejar los afectos, situarlos a un lado y seguir. Para ella el hermetismo de permanecer en su vida de mujer próxima a casarse con un hombre que la ha golpeado, para él la apertura al mundo intelectual, se irá a Bélgica a realizar estudios de doctorado. Daniela recibe las situaciones, a ella le suceden, está determinada por los afectos: sus padres, su novio, aquel desconocido, su amiga. Bruno puede abandonar los lugares, trazar un mapa que direccione su vida.
Un conflicto: el preservativo presenta un orificio.
[…]
Ella: Te cagai en tres tiempos si estuviera embrazada. ¡Cómo te temblaría el piso! No podríai andar hueviando con tu hueá por todo Santiago.
Él: Ah, verdad que yo te traje encañonada. Tú no querías venir.
Ella: Porque soy güeona. Esa es la única explicación… tirando con un huevón que no conozco. ¿Cómo sé si no teni’h SIDA o alguna güea transmisiva?
Él: Y cómo se yo que tú no eres una loca de mierda que me va a estar llamando todos los días…
Esta situación escenifica que a tal encuentro casual no llegaron los personajes atentos a las posibilidades que implica. No hay libertad. No hay un discurso que diferencie la tiranía de ser una pareja estable (este diálogo es una reiteración de lo conocido) al acto de respetar el sitio del otro que es otro desconocido. Los rasgos
Las trampas de la una falsa transgresión.
Ambos personajes se han gustado y se desean. Juegan. Ella baila, canta. Quisieran permanecer más tiempo juntos, volver a verse, pero ambos se sujetan a su mundo que ya está configurado como perpetuo, sin despegarse claro del orden heteronormativo: ella y su matrimonio, él y su viaje. Saben que ninguno de los dos desestabilizará el futuro que tienen a cambio de realizar su deseo. Ella no se iría con él, si él se lo pidiera. No se negará al matrimonio, porque su novio la quiere y ella a él.
A pesar del contrasentido que expresan sus discursos: ella encuentra absurdo hacer de sus problemas los problemas de otro, él piensa que los problemas de otro al existir un lazo afectivo pasan a ser propios, la normatividad de ejecutar los movimientos correctos para no caer, para no correr reisgo se hace patente.
De este encuentro casual, que ambos razonan que nada significa, se fugan sentimientos que no necesitan perpetuidad, ellos no dicen-desean quieren estar juntos para siempre, no han deseado-hablado de amor, sino que un fragmento de un futuro incierto posible, los hace retroceder del pequeño sueño de atreverse un poco, de simplemente desear a otro y querer permanecer quizás un rato.
Dirección: Matías Bize. Chile, Alemania. 2005.